El recibidor es un pequeño
salón entre el despacho del gobernador y la sala de espera; lo
invade una atmósfera inefable de solemnidad, de suspenso; ahí
el silencio se arrellana, a sus anchas, entre las sinuosidades del exquisito
art nouveau; mas, cada vez que se abre la puerta que da a la sala de
espera, el bullicio trata de irrumpir; pero es obligado a retroceder
inmediatamente; y sale a regañadientes; y la puerta toma a cerrarse
detrás de él. Regio, gigantesco, el portón
de cedro que comunica con el despacho gubernamental. A un lado, tras
de un finísimo escritorio, una muchacha ejecuta malabares: contesta
simultáneamente, y en susurro, tres llamadas telefónicas,
al tiempo que garabatea signos taquigráficos sobre una libreta. |
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